Otros 18 muertos esta noche, de los cuales 11 niños, frente a la isla de Kos. A pesar del esfuerzo titánico realizado por voluntarios de todo el mundo, entre los cuales, socorristas profesionales, bomberos y médicos, se continua a morir en el Mar Egeo.
En Lesbos después de días de marejada cientos de personas han llegado a la isla. Once barcas solo en la zona del aeropuerto donde hemos pasado la noche llevando lanchas neumáticas desde la playa para permitirles un desembarco en lugares seguros.
Se llega a medianoche, se enciende un fuego, se colocan las luces de posición, se utilizan luces intermitentes o, a veces, los faros del coche para garantizar la arribada segura de las barcas. Una actividad ilegal, favorecer la inmigración clandestina. Y así también, la barca de los bomberos sevillanos, que han pasado con nosotros la noche, se mueve en el agua con las luces apagadas, como si fueran ladrones o traficantes. Sin embargo, están ahí, turnándose, para evitar accidentes. Hasta la guardia costera no está autorizada para evitar que las barcas se golpeen contra las rocas. Pero, de vez en cuando, la guardia infringe las reglas, un destello de 5 segundos hacia la lancha, el tiempo necesario para avistarla con certeza desde la playa.


Cuando la barca está cerca, los pasajeros dejan de emitir señales luminosas, y así lentamente aparece en la oscuridad una masa de personas que parece estar sentada sobre la superficie del agua. Se hace un silencio hasta el momento en que la barca toca la playa. Sigue un momento de pánico en el desembarco que se intenta ordenar. Los voluntarios forman una cadena humana que se pasa mochilas, bolsas, niños. Incluso recién nacidos. Miradas vidriosas, gente helada y asustada. Los más ancianos necesitan ayuda para bajar de las barcas, todavía inestables en el agua. Son muchas las personas de una cierta edad que quizás no hayan viajado nunca ni visto el mar.
Después, los nervios se relajan y la oscuridad se vuelve ruidosa, desmayos, llantos de niños, crisis de histeria, abrazos, carcajadas. Cigarros encendidos con manos que tiemblan. Fotografías con teléfonos. Y un torbellino de emociones encontradas. Lo han conseguido, otra etapa de viaje a sus espaldas. Para muchos es el principio. Para otros es casi el final.
Se reparten mantas, calcetines, zapatos, bebida caliente a la espera de que llegue el autobús que los transportará al campo de refugiados.
Después se limpia todo, se vuelve frente al fuego y entre los voluntarios sigue una larga pausa silenciosa para absorber otra dosis de absurdo.
Pasa un poco de tiempo y se vuelve a comenzar con las señales luminosas, con las patrullas a lo largo de la costa, alguna charla, a la espera de la próxima carga humana

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